jueves, 10 de octubre de 2013

ANOCHE fuimos "Los Adams", con Clari VacasFran Vacas yMauricio Vacas
Qué lindo cuando cuando las personalidades se alinean, sobresalen las mejores intenciones y la familia entera eclipsa la maldad o la locura para terminar el día pareciéndose a la familia Ingalls. Anoche, casi, por un pelito. 
Faltaba poco para las 12 p.m, Francisco dormía profundamente y Mau leía en la cama mientras me cepillaba los dientes con la puerta abierta, como es mi mala costumbre. Clari, abajo, seguía viendo la tele. De repente, un quejido largo y distante. "Qué es eso?", pregunta Mauri. La llamo: "Clari?" Sin respuesta y, en seguida, otro quejido, como el de alguien que sufre. Entonces Mauri viene hasta el baño y escuchamos: "me desmayé". 
La encontramos despatarrada con la cabeza en el borde del asiento. Terminamos de acomodarla en el suelo y le levantamos las piernas. Cuando pudo, nos contó que estaba viendo una cirugía facial. Yo me empecé a reír y ella también, aunque ella lloraba y reía. Todo junto. 
Mauri nos dejó con la locura de la risa y el llanto mientras Fran desde su pieza preguntaba "qué pasó-qué pasó". Nadie le contestó.
Acompañé a Clari a subir y ¡oh!, se tiró en mi cama. En eso, oímos que Fran entraba al baño. "Pobre, lo despertamos. ¿O estará sonámbulo?". Pegada a la puerta, lo escucho abrir las canillas: ruido de lavarse con mucha agua. Miro en su pieza y no veo la ropa del colegio que estaba sobre la silla. Sospecho. "¿Hijo, qué hacés?". Más agua. Intento abrir la puerta, no me deja. Sale vestido con uniforme y peinado. Listo para ir al colegio a las doce de la noche.

sábado, 14 de septiembre de 2013

LA SORPRESA del día.
Dura la escalera. Pobres, los vecinos; debo haberlos despertado o por el estruendo o por el llanto. O los despertó Mauricio con sus gritos, cuando vino a auxiliarme. La cuestión es que yo sabía que el pie, en alto; y que si hielo, mejor. Pero a las 7.10 con un City Tour por delante y los minutos contados como para ir en tren a Capital y no sentada en la combi... No pudo ser. Fue de parada nomás, aunque en la pierna fuerte. La otra, en el aire. No la sentí al bajar del tren. Lo peor fue intentar bajar las escaleras del subte: me pasaban hasta las viejitas. Y ni te cuento, después, descender y trepar al Bus en busca de los pasajeros. Una tortura.
Al final del paseo me metí en un hotel. Quería estar sola en el baño, y sacarme el zapato, y la media, y ver. Quería ver ese tobillo y ya no seguir imaginándolo. La sorpresa del día fue que el muchacho de la entrada acompañara caballerosamente "a la señora renguita" y abriera la puerta que tenía el cartel para discapacitados. ¡Qué tamaño de baño!
De no ser por la pata en compota, lo invitaba a bailar el vals.
Marcela

domingo, 18 de agosto de 2013


Buenos Aires Market. 
LA EXPERIENCIA, con Marisa Frignani de Marini.
Gracias Gus, por prestármela, la pasamos genial, compartimos todo lo que comimos, como solo pueden hacer 2 mujeres:
Empezamos picoteando lo que nos daban al pasar, y decidimos hincar el diente a una porción de tortilla de hongos negros y papines; seguimos con unos creps a la parrilla (uno relleno con crema de espinacas, el otro con crema de calabaza y pimienta) acompañados de brotes y lechuga; la porción grande de torta con peras, manzanas y canela (todo con productos orgánicos y harina integral) nos la comimos sentaditas en medio del Rosedal bebiendo un jugo de papaya y kiwi. Regresamos a comprar algo para llevar a casa y volvimos a picotear unos cereales y frutas secas. Ahí fue cuando descubrimos las frutillas que bañaban en chocolate y, sin consultarle a Maru, pedí dos. Ella compró un budín impresionante y yo un muffin de frutos rojos, mientras intentaba pagar sin que se me cayera la frutilla. Cargadas de cosas ricas, emprendimos la retirada. 
Unos chicos daban una charla de cómo purgar el organismo bebiendo clorofila, una dosis diaria mezclada con agua o jugo, y los mini vasos con ese juguito verde musgo pasaban por al lado nuestro, que chusméabamos cómo exprimían un pasto perfecto. ¿Quieren probar puro? Y, dale. ¡¡Dios mío!! Por qué no poder decir "paso" alguna vez en la vida. Ese gusto a pasto triturado por poco me envenena. No obstante, Marisa (curiosa) probó lo que dejé en el vaso, y salimos corriendo en busca de algo que nos limpiara el paladar. Muertas de risa.


Marcela

miércoles, 7 de agosto de 2013

CREO que no corresponde

CREO que NO CORRESPONDE.

Me siento a tomar una lágrima. El único mozo, que va de mesa en mesa, me parece conocido: ojos celestes, peinado con raya al costado, sonrisa algo rara, como forzada, que ya vi en otro lado, pero ¿dónde? Pido la cuenta con un creo que te conozco..., ¿de Glew? Puede ser, viví en Glew, ¿usted, vive en Glew? Vivía, me mudé. Yo también. ¿Puede ser que vivías en una casa alta? Sí. De ahí, entonces; yo vivía al lado. Ah, ustedes... ¿tenían una nenita rubia? Sí, y ahora tiene 19. Pero, usted era flaca.
Lo sigo mirando y él me sostiene la mirada. Sigue con esa sonrisa rígida, casi detestable, mientras le pago y comento, ya sin mirarlo, que pasaron 17 años. Y él, que su nena, que su esposa, que tuvo un nene hace. No sé bien qué dice porque yo me tildé en "flaca" y estoy tratando de recordar cuánto pesaba hace 17 años, pero no me acuerdo; y me voy, sin dejar propina. Porque creo que no corresponde: había sido de mi vecino, a pesar de su sonrisa.


Marcela, 6 de abril de 2013.

HABITANTES

HABITANTES
Viajando en el tren, hoy leí un artículo acerca del valor que tienen las palabras para los niños. Decía que ellos les dan un significado no solo por lo que representan sino también por cómo suenan, por el contexto en que se dicen, por lo que sienten al escucharlas. En cierta forma —decía el artículo—, los niños materializan las palabras; luego, cuando crecen y vuelven a escucharlas, las asocian con los recuerdos.
A mis cuarenta y pico, no puedo dejar de hacer fuerza con las mandíbulas cuando escucho la palabra “piojo”; tampoco puedo frenar el impulso de rascarme. (¿Será porque asocio “piojo” con el cric al apretarlo entre las uñas y porque imagino al bicho caminando por mi cabeza?)
Mi tía los llamaba cariñosamente “piguyis”. Mi mamá, “habitantes”. Así, en la primaria, cada vez que yo escuchaba hablar de la cantidad de habitantes de un país, materializaba en mi mente un escuadrón de piojos.
Cuando hace un rato apreté “el piojo” en el lavatorio, sentí un gran alivio. Pero no pude evitar pensar en quién me lo habría pasado. ¿De dónde lo trajiste?, solía preguntar mi mamá. Me reí y pensé. Pensé en el viaje, apretujada en el Roca, en los chicos con los que estuve el pasado fin de semana, en las nenas que cuidé el martes. Hasta pensé en los turistas, ¿un piojo extranjero?, qué locura, y lo descarté. Terminé pensando en mi mamá y en las tardes al solcito, debajo de la parra, cuando me arrodillaba en el suelo y ponía mi cabeza en sus piernas. Con tanto cariño me revisaba pelo por pelo, de una oreja a otra... Y seguí pasando el peine fino por las canas bien teñidas, y el alivio fue creciendo con la asociación de recuerdos.
No digo que esté feliz de haber encontrado un piguyi, pero sí puedo decir que si me lo gané a cambio de todos los abrazos de los chicos con los que estuve en los últimos días, o que si esta avalancha de palabras salió por un simple piojo, valió la pena.


Marcela, mayo de 2013.

OLORES

OLORES
Me dormí pensando en escribir una historia, la de una niña que esperaba a los Reyes Magos, pero que era raptada por tres beduinos y llevada lejos. 
Me desperté a mitad de la noche sintiendo un olor fuerte. A bosta de camellos. Olor ácido, mezcla de pasto verde apelmazado y lana sucia, de animal que no se baña. Y me acordé de mis tíos, Willie y Pacita, que salían con la palita a juntar bosta de caballos aplastada sobre el pavimento; la llevaban a un cajón donde la mezclaban con tierra y revolvían ese asco todas las tardes para después usarlo de abono en las macetas. Pacita era la que completaba el trabajo mientras Willie, apoyado de codos en la mesada, llenaba los crucigramas y se tiraba pedos. Qué pedos. Yo salía corriendo de la cocina y la puerta mosquitero se estampaba en el marco, y el "¿qué pasó?" de mi tía (que no dejaba de poner el asco en las macetas) quedaba sin respuesta porque la nena no paraba, seguía corriendo hacia donde no oliera feo.
Me costó volver a dormirme porque el recuerdo de aquellos olores fue bastante movilizador.
Ahora no sé si escribir sobre la niña raptada o sobre la que tenía esos tíos.


Marcela, 7 de agosto 2013.

sábado, 27 de julio de 2013

NUBE BLANCA

NUBE BLANCA
Le había dicho varias veces que dejara de hacer ruido con esa amoladora. Cuando todavía me podía oír se lo había dicho. Mientras tanto, seguí cebando, pero me costaba acertar el chorrito de agua en la boca del mate porque la nube blanca lo tapaba todo; y él, dale, con ese ruido infernal cortando las baldosas, y el polvo que se espesaba y me tapaba la nariz, y se me metía por debajo de la pollera, por debajo de las uñas, por entre los huesos. Dejé de pasarle el mate porque ya ni lo veía, ni veía mi mano, ni la bombilla. Ciega, seguí chupando. El agua me ayudaba a tragar la nube.
Él no se detuvo. Debe haber continuado con la máquina hasta cortarlas todas o hasta darse cuenta de que yo no estaba.
Hace rato que escucho que me llama, que dice mi nombre, y hasta creo que lo escucho llorar.


Marcela

sábado, 6 de julio de 2013

Ve la vela.

La vela tiene alma de piolín. Un alma destinada a consumirse por el fuego. Y ella se sacrifica para dar a luz la luz.

Pero, ¿qué es una vela? La vela no duerme, la vela vela aun cuando está apagada, porque en su mecha ya están impresas las palabras, las cenas románticas, los rostros que alumbrará. En realidad, las escenas están guardadas dentro del cuerpo de parafina, y se plasman en el aire por contacto con el fuego.

 El fuego de la vela va quemando el tiempo, esa materia de la que estamos hechos, y al consumirse, son nuestras vidas las que se van haciendo humo.

Páginas y páginas fueron disfrutadas y sufridas bajo su luz. Voltaire escribiendo desvelado a la luz de una vela. Darwin obsesionado describiendo en la noche la evolución de las especies iluminado por otras velas. Mariquita Sánchez de Thompson leyendo la carta apasionada de un amante que se despide de ella, a la luz subrepticia de otra vela. Los cristianos en las catacumbas de Roma, con velas encendidas, arriesgando sus vidas por la imperiosa necesidad de reunirse. Los mismos cristianos, convertidos en velas humanas, que iluminaron aquella ciudad oscura.
 
Ellas, las velas encendidas, crean un ámbito circunscripto, un espacio delimitado por la claridad que emanan, instalan una frontera con las tinieblas. Los átomos de oscuridad quieren entrar en esa zona y no pueden, rebotan en la cubierta de luz.

Las velas velando los muertos. Y los muertos, envases vacíos, velados para que los que quedan vivos mitiguen la angustia traída por la idea de que cada muerto está para siempre sumido en la oscuridad, en el espacio insondable de la no vida.

La vela del cumpleaños, un año ya vivido, ya ocurrido, ya perdido. Cada vela soplada, un año que se apaga. Y los deseos musitados se entrelazan con la humareda blanca y grasosa para quedar pegados en el techo.

Vela que escribe con hollín el techo del baño público, y que prende un cigarrillo, y que gotea cera por el piso. Vela que prenden el cura y la bruja y el manosanta, y que la venden más cara con los grandes apagones.

Velas de colores, perfumadas, talladas, con pétalos de orquídeas.
Vela barata, olvidada, caída, enciende un incendio que cuesta muy caro y que no se olvida.

Vela que se confunde con las de tela, entre las muchas definiciones del diccionario de la Real Academia.

Quien ve la vela, la ve vela.

Vela.         Vela.         Vela.


sábado, 29 de junio de 2013

Tejiendo historias. Texto de Marcela.

TEJIENDO HISTORIAS
Jueves, 6 de la tarde, preparándonos para salir, la comida hecha para Francisco (que se quedaba) y, de pronto, su vocecita que dice: "Ma, para mañana tengo que llevar un cuadrado tejido de 25x25, cualquier lana". Entonces se armó el revuelo: las agujas, ¿dónde estaban?, ah, sí con algo a medio hacer en color rosa, ¿o fucsia?, ¡sí, con una lana fucsia!, ¿las vieron?, no, ¿25x25, estás seguro?, ¿para "biología"?, no puede ser. 
Salimos. En el auto la lazada pasaba por arriba o por debajo de mi dedo índice y a veces quedaba así, otras veces, asá. No podía acordarme bien cómo empezar pero algo me decía que estaba cerca. Pasame la regla: 25 cm. Quedó. Pero, al cabo de tres vueltas eran 40 cm, ¿y cómo pasó?, a empezar de nuevo. Y el tic-tic de las agujas que revivían los recuerdos de los muchos suéteres tejidos por mi vieja. Tic-tic y, ahora, Clarisa quería tejer: dame mami que algo me acuerdo; la abuela me enseñaba. 
Ya en casa, después de la cena, con Clari seguíamos compartiendo las vueltas: una cada una y... ma, ¿cómo era que se terminaba? Gran problema, pero lo resolvemos mañana porque yo ahora me duermo. Sí, ma, vos andá que yo sigo. La dejé tejiendo. 
A las 6.30 am del siguiente día, en camisón y parada en el pasillo, con el cuadrado de 25x25 entre manos, me devanaba los sesos tratando de recordar cómo se terminaba la última vuelta. Que tomo dos puntos, que eso es reducir y se hace un chorizo, que destejo y se me escapa un punto. Fran, ¿y si lo llevás con la aguja puesta? Le decís a la profe que tu mamá no se acordaba y que tu abuela ya no está para preguntarle. Dale ma, vos podés. 
Y pude, como cuando te dicen que andar en bicicleta es algo que no se olvida, que después de 20 años te subís a una y salís andando. 
Marcela