OLORES
Me dormí pensando en escribir una historia, la de una niña que esperaba a los Reyes Magos, pero que era raptada por tres beduinos y llevada lejos.
Me desperté a mitad de la noche sintiendo un olor fuerte. A bosta de camellos. Olor ácido, mezcla de pasto verde apelmazado y lana sucia, de animal que no se baña. Y me acordé de mis tíos, Willie y Pacita, que salían con la palita a juntar bosta de caballos aplastada sobre el pavimento; la llevaban a un cajón donde la mezclaban con tierra y revolvían ese asco todas las tardes para después usarlo de abono en las macetas. Pacita era la que completaba el trabajo mientras Willie, apoyado de codos en la mesada, llenaba los crucigramas y se tiraba pedos. Qué pedos. Yo salía corriendo de la cocina y la puerta mosquitero se estampaba en el marco, y el "¿qué pasó?" de mi tía (que no dejaba de poner el asco en las macetas) quedaba sin respuesta porque la nena no paraba, seguía corriendo hacia donde no oliera feo.
Me costó volver a dormirme porque el recuerdo de aquellos olores fue bastante movilizador.
Ahora no sé si escribir sobre la niña raptada o sobre la que tenía esos tíos.
Marcela, 7 de agosto 2013.
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