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Dos días atendiendo este grupo y me parece un siglo. Demandantes, lentos para entender, indecisos, ponen mis nervios a prueba a cada momento.
En el Palacio de las Papas Fritas recomendé las papas fritas, ¿qué más se puede ir a comer ahí? Pero, algunos pidieron ravioles y después me dijeron que no estaban buenos. A la noche, en la Parolaccia Tratoria, a la hora de ordenar pasta, me preguntaban por qué no había bife de chorizo en el menú. Menú que tuve que explicar ocho veces, y no exagero. No obstante, cuando llegó el mozo a tomar el pedido, tuvo que explicarlo nuevamente. Si no fuera por los ojitos con cataratas de la señora de 84 años que viaja con su hermana, ya habría asesinado a más de una viejita. Pero esta señora me puede, me mira, me sonríe, se me pega como abrojo. Me agarra del brazo igual que hacía mi madre, también a los 84. Por ella, se salvan las otras, las que se toman mi agua de la mesa, las que rezongan y dicen que no expliqué bien, las que quieren dejar la propina del mozo en monedas brasileñas que, dicen, les pesan mucho.
Con los hombres, todo bien. Van sujetos a sus esposas, me dejan trabajar tranquila.
Hay otras mujeres, las del grupo de las viudas y divorciadas, que no son tan mayores. Una, en especial, parece problemática: la siento que patea en contra. Hoy me sacó de quicio cuando, después de mandar a cocer el bife que pidió jugoso, se quedó con una ensalada que no era suya. Por la otra punta de la mesa, alguien reclamaba su propia ensalada, mientras que el mozo buscaba a la dueña de unas papas fritas. Al darme cuenta del cruce de comidas, la increpé: "Fátima, por qué pegou a ensalada, se vocé pidiu batatas?" En tanto me devolvía el plato, se servía unas cebollas ajenas. Se me escapó un "nao acredito" en voz alta. Y, después, le llevé sus papas. Al dárselas insistí "tem que prestar atencao e nao enrolar as coisas".
Al final del almuerzo, hablé con la coordinadora: lo siento, le dije, pero Fátima no está colaborando. Ella me contó que Fátima había perdido a su esposo en un asalto muy violento, y que viajaba para distraerse.
Creo que un perro sarnoso de la calle se hubiese sentido mejor que yo. Recordé de inmediato que no tengo permiso para salirme de quicio. Nunca. Que detrás de cada persona problemática hay un problema no resuelto. Y que, cuando se trata de turistas, los problemas no quedan en casa, viajan con ellos.





