sábado, 27 de julio de 2013

NUBE BLANCA

NUBE BLANCA
Le había dicho varias veces que dejara de hacer ruido con esa amoladora. Cuando todavía me podía oír se lo había dicho. Mientras tanto, seguí cebando, pero me costaba acertar el chorrito de agua en la boca del mate porque la nube blanca lo tapaba todo; y él, dale, con ese ruido infernal cortando las baldosas, y el polvo que se espesaba y me tapaba la nariz, y se me metía por debajo de la pollera, por debajo de las uñas, por entre los huesos. Dejé de pasarle el mate porque ya ni lo veía, ni veía mi mano, ni la bombilla. Ciega, seguí chupando. El agua me ayudaba a tragar la nube.
Él no se detuvo. Debe haber continuado con la máquina hasta cortarlas todas o hasta darse cuenta de que yo no estaba.
Hace rato que escucho que me llama, que dice mi nombre, y hasta creo que lo escucho llorar.


Marcela

sábado, 6 de julio de 2013

Ve la vela.

La vela tiene alma de piolín. Un alma destinada a consumirse por el fuego. Y ella se sacrifica para dar a luz la luz.

Pero, ¿qué es una vela? La vela no duerme, la vela vela aun cuando está apagada, porque en su mecha ya están impresas las palabras, las cenas románticas, los rostros que alumbrará. En realidad, las escenas están guardadas dentro del cuerpo de parafina, y se plasman en el aire por contacto con el fuego.

 El fuego de la vela va quemando el tiempo, esa materia de la que estamos hechos, y al consumirse, son nuestras vidas las que se van haciendo humo.

Páginas y páginas fueron disfrutadas y sufridas bajo su luz. Voltaire escribiendo desvelado a la luz de una vela. Darwin obsesionado describiendo en la noche la evolución de las especies iluminado por otras velas. Mariquita Sánchez de Thompson leyendo la carta apasionada de un amante que se despide de ella, a la luz subrepticia de otra vela. Los cristianos en las catacumbas de Roma, con velas encendidas, arriesgando sus vidas por la imperiosa necesidad de reunirse. Los mismos cristianos, convertidos en velas humanas, que iluminaron aquella ciudad oscura.
 
Ellas, las velas encendidas, crean un ámbito circunscripto, un espacio delimitado por la claridad que emanan, instalan una frontera con las tinieblas. Los átomos de oscuridad quieren entrar en esa zona y no pueden, rebotan en la cubierta de luz.

Las velas velando los muertos. Y los muertos, envases vacíos, velados para que los que quedan vivos mitiguen la angustia traída por la idea de que cada muerto está para siempre sumido en la oscuridad, en el espacio insondable de la no vida.

La vela del cumpleaños, un año ya vivido, ya ocurrido, ya perdido. Cada vela soplada, un año que se apaga. Y los deseos musitados se entrelazan con la humareda blanca y grasosa para quedar pegados en el techo.

Vela que escribe con hollín el techo del baño público, y que prende un cigarrillo, y que gotea cera por el piso. Vela que prenden el cura y la bruja y el manosanta, y que la venden más cara con los grandes apagones.

Velas de colores, perfumadas, talladas, con pétalos de orquídeas.
Vela barata, olvidada, caída, enciende un incendio que cuesta muy caro y que no se olvida.

Vela que se confunde con las de tela, entre las muchas definiciones del diccionario de la Real Academia.

Quien ve la vela, la ve vela.

Vela.         Vela.         Vela.