sábado, 14 de septiembre de 2013

LA SORPRESA del día.
Dura la escalera. Pobres, los vecinos; debo haberlos despertado o por el estruendo o por el llanto. O los despertó Mauricio con sus gritos, cuando vino a auxiliarme. La cuestión es que yo sabía que el pie, en alto; y que si hielo, mejor. Pero a las 7.10 con un City Tour por delante y los minutos contados como para ir en tren a Capital y no sentada en la combi... No pudo ser. Fue de parada nomás, aunque en la pierna fuerte. La otra, en el aire. No la sentí al bajar del tren. Lo peor fue intentar bajar las escaleras del subte: me pasaban hasta las viejitas. Y ni te cuento, después, descender y trepar al Bus en busca de los pasajeros. Una tortura.
Al final del paseo me metí en un hotel. Quería estar sola en el baño, y sacarme el zapato, y la media, y ver. Quería ver ese tobillo y ya no seguir imaginándolo. La sorpresa del día fue que el muchacho de la entrada acompañara caballerosamente "a la señora renguita" y abriera la puerta que tenía el cartel para discapacitados. ¡Qué tamaño de baño!
De no ser por la pata en compota, lo invitaba a bailar el vals.
Marcela