HABITANTES
Viajando en el tren, hoy leí un artículo acerca del valor que tienen las palabras para los niños. Decía que ellos les dan un significado no solo por lo que representan sino también por cómo suenan, por el contexto en que se dicen, por lo que sienten al escucharlas. En cierta forma —decía el artículo—, los niños materializan las palabras; luego, cuando crecen y vuelven a escucharlas, las asocian con los recuerdos.
A mis cuarenta y pico, no puedo dejar de hacer fuerza con las mandíbulas cuando escucho la palabra “piojo”; tampoco puedo frenar el impulso de rascarme. (¿Será porque asocio “piojo” con el cric al apretarlo entre las uñas y porque imagino al bicho caminando por mi cabeza?)
Mi tía los llamaba cariñosamente “piguyis”. Mi mamá, “habitantes”. Así, en la primaria, cada vez que yo escuchaba hablar de la cantidad de habitantes de un país, materializaba en mi mente un escuadrón de piojos.
Cuando hace un rato apreté “el piojo” en el lavatorio, sentí un gran alivio. Pero no pude evitar pensar en quién me lo habría pasado. ¿De dónde lo trajiste?, solía preguntar mi mamá. Me reí y pensé. Pensé en el viaje, apretujada en el Roca, en los chicos con los que estuve el pasado fin de semana, en las nenas que cuidé el martes. Hasta pensé en los turistas, ¿un piojo extranjero?, qué locura, y lo descarté. Terminé pensando en mi mamá y en las tardes al solcito, debajo de la parra, cuando me arrodillaba en el suelo y ponía mi cabeza en sus piernas. Con tanto cariño me revisaba pelo por pelo, de una oreja a otra... Y seguí pasando el peine fino por las canas bien teñidas, y el alivio fue creciendo con la asociación de recuerdos.
No digo que esté feliz de haber encontrado un piguyi, pero sí puedo decir que si me lo gané a cambio de todos los abrazos de los chicos con los que estuve en los últimos días, o que si esta avalancha de palabras salió por un simple piojo, valió la pena.
Marcela, mayo de 2013.
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